Llega San Valentín, o el Día de los Enamorados, y la RS queda desubicada como una heladera en el baño.
Mientras “los enamorados” festejan entre cajas de bombones, ramos de flores, tarjetitas cursis, ositos de peluche, CDs de Sandro y besos húmedos, la pobre RS no sabe qué hacer para no ver que a su alrededor todo el mundo se quiere mientras ella suspira, como dice el tango, mirando desde afuera y con la ñata contra el vidrio.
Mientras “los enamorados” inundan bares, restaurantes y hoteles exhibiendo impúdicamente su felicidad, la pobre RS no tiene donde sentarse a tomar un café sola sin sentirse miserable.
Mientras “los enamorados”, aunque sea de la boca para afuera y obligados por las circunstancias, renuevan con pasacalles y mensajes radiales promesas que al otro día olvidan (la de fidelidad, sobre todo), la pobre RS se siente una porquería, ignorada y abandonada...
Y todo porque nadie le dirá feliz día, ni le regalará nada, ni la sacará a pasear. Como si fuera la única; para que sepa, somos un montón, jóvenes, viejas, gordas, flacas, solteras, separadas añejas, viudas y hasta casadas, las que pasaremos en 14 de febrero sin pena ni gloria.
Déjese de embromar, que no se murió nadie. Basta de darse manija con la soledad, de envidiar a los que están en pareja, de dejarse llevar por la corriente. Piense un poco:
Una mujer inteligente como usted no puede sentirse mal porque alguien haya inventado el día de los enamorados para que los comerciantes se llenen de plata.
Una mujer inteligente como usted sabe perfectamente que la mayoría de los festejos y regalos de ese día se deben a la insistencia con que uno de los dos (casi siempre ella) intima verbalmente a su “enamorado” recordándole que LE TIENE que regalar algo, o que TIENEN que festejar. ¿Y qué otra cosa puede hacer el intimado? Regalar y festejar, sobre todo si está en falta...
Una mujer inteligente como usted sabe que el amor se festeja todos los días con actitudes como el respeto, el compañerismo, la comprensión, y que si todo eso no está presente de nada sirven los regalos, por más caros que sean.
Una mujer inteligente como usted no se deja llevar por algo tan bajo como la envidia. ¿Su prima tiene un marido que es un santo y que todos los 14 de febrero la lleva a cenar a un restaurante de esos con manteles finos y velas en las mesas? Que Dios se lo conserve y no la envidie, porque aunque su prima sea medio pavota no tiene la culpa de que usted, este 14 de febrero, tenga que cenar lo que le quedó del mediodía sin más compañía masculina que el gato.
Mi querida RS, los 14 de febrero pasan y la vida sigue. Para que se convierta en un día más, le dejo estas propuestas, estos “tips”, como dicen ahora:
1) Váyase al campo. Desde la noche anterior, si es posible. Mientras mira rumiar las vacas y oye cantar los pajaritos lejos del mundanal ruido, sin ninguna pareja visible a cinco kilómetros a la redonda, seguro que ni se acuerda de que es San Valentín: ojos que no ven, corazón que no siente.
2) Enciérrese desde la mañana en un spa y que le hagan de todo: limpieza de cutis, masajes con esferas calientes, pinceladas de chocolate, más un sauna y una enema de aloe vera para dejarla limpita por dentro. Cuando salga, estará tan relajada que nada de lo que vea o escuche le moverá un pelo.
3) Si lo suyo es la trasgresión, salga con una amiga, hágale mimos en público y diviértase viendo las caras de horror de las parejas bien constituidas que las rodean.
4) Júntese con sus amigas y amigos sin pareja y vayan a un lugar donde nos los conozca nadie; en el entrevero, póngase cargosa con el varón que tenga más cerca y así podrá tener la ilusión de que está festejando.
5) Prepare papel de lija, removedor, pinceles, aguarrás y esmalte sintético y renueve el color de sus aberturas. Entre lo que va a renegar para sacar la pintura vieja y la satisfacción de ver la obra terminada, el día se le pasará volando y ni se acordará de la fecha.
6) Respire hondo, abra su mente y su corazón y recuerde que estar enamorado es una actitud. Uno puede estar enamorado de la vida, de su profesión, de sus hijos, de tantas cosas... Festeje esos amores, festeje que el amor existe. ¿Hay enamorados a su alrededor? Bienvenido sea: es hermoso ver que la gente se quiere. Déjelos que disfruten tranquilos, y no se sienta menos; ya le va a tocar, algún día.
Y si no le toca, no se preocupe: ¡el 15 de febrero, todo vuelve a la normalidad!
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jueves, 11 de febrero de 2010
domingo, 7 de febrero de 2010
Argentina: La visita a los hijos es cada vez más litigiosa

Según dice en esta nota, en seis años se duplicaron las demandas para que la Justicia haga cumplir al padre conviviente los regímenes de visita.
Todos hemos sabido, alguna vez, de una madre separada que le niega los hijos al padre, sea para castigarlo porque no le pasa dinero suficiente, o porque está molesta porque el tiene una nueva pareja, o porque se le da la gana. Pero sucede que los papás se están tomando más en serio sus derechos y deberes, y han empezado a recurrir a la justicia para reclamar la visita a sus hijos. Bien por ellos. ¡Era hora de que el hombre se pusiera los pantalones!
Algo que no puedo comprender es que haya madres y padres que usen a los chicos de botín de guerra. No me entra en la cabeza. Creo que hay que tener una mente enferma para hacer algo así.
No acostumbro juzgar al prójimo, pero cuando la violencia familiar se ejerce contra los hijos, sea por ignorancia, por estrechez mental o por simple espíritu de revancha, no debería ser tolerada ni permitida. Y usar a los hijos para conseguir cosas del otro es una forma de violencia familiar, de eso no hay dudas, porque los chicos sufren, y mucho.
Pero si me parece bien que los hombres recurran a la justicia para conseguir ver a sus hijos, no estoy de acuerdo con que la justicia obligue al padre a verlos. Un padre que ve a sus hijos obligado por la justicia, y no porque le sale del corazón, no les está dando el amor que merecen, y para darle sólo una presencia forzada, me parece mejor que no les dé nada. Opinen, por favor...
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viernes, 10 de abril de 2009
Argentina: Más divorcios, menos matrimonios

Argentina no es ajena al fenómeno mundial del aumento de los divorcios y la disminución de los matrimonios.
Cuando la Ley de Divorcio entró en vigencia, allá por junio 1987, se divorciaba uno de cada tres matrimonios, pero hay que tener en cuenta que la mayoría de esos divorcios se produjeron para regularizar una gran cantidad de separaciones de hecho, que hasta ese momento no contaban con una ley para disolver el vínculo.
Según esta nota, la proporción nunca disminuyó, y más de veinte años después nos encontramos con que en la provincia de Santa Fe los divorcios duplicaron a los matrimonios, y el la Capital Federal, uno de cada dos matrimonios se divorcia. Y lo mismo pasa en el resto del país. Y esto sin contar las uniones de hecho que se rompen...
El concubinato, en cambio, sigue ganando adeptos, aunque suele durar tan poco como los matrimonios. En general, las nuevas generaciones no se sienten representadas o protegidas por las leyes ni les interesa cumplir preceptos religiosos o morales. Fidelidad, entrega, parecen ser palabras de otro siglo. Hoy estamos juntos, mañana veremos; y cuando uno empieza una relación pensando en que no va a durar, lo más probable, me parece, es que no dure.
El quid de la cuestión, entonces, está en el compromiso. No soy defensora a ultranza del matrimonio legal, porque considero que, con papeles o sin ellos, ceremonia más, ceremonia menos, cuando hay compromiso, cuando hay convicción de haber elegido a alguien para compartir buenas y malas, la pareja resiste. Cuando la calentura del principio, que dura tan poco, evoluciona hasta llegar a un amor maduro, comprensivo, en el que el otro es un compañero de ruta firme y leal, la pareja perdura.
Hoy que las relaciones amorosas vienen casi con fecha de vencimiento (hasta cuando duren), no es fácil tomarse el tiempo ni tener la paciencia necesaria para conseguir que el vínculo crezca, preocupados como estamos en la satisfacción de lo inmediato, en la impaciencia de querer que todo se nos dé hoy, ahora mismo. Y encima con la fantasía de que las emociones están afuera, en la calle, y no en casa. Craso error: las emociones están donde decidimos ponerlas.
Pero más allá de las causas, que son muchas y complejas, en realidad lo malo no es que haya tantos divorcios: lo malo es separarse mal, lastimando al otro y lastimándose. Y que los hijos sufran más de lo necesario, y que haya que pelear en la justicia por cuotas alimentarias y otras cuestiones que deberían resolverse con buena voluntad y respeto. Eso es lo terrible.
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domingo, 29 de marzo de 2009
México: ¿Por qué cada vez son más divorcios y separaciones?

Si en todas partes nos preguntamos lo mismo, debe ser porque el matrimonio nos sigue importando. Al que escribió esta nota, al menos, sí le importa, porque al final nos da consejos sencillos y muy atinados sobre cómo hacer que una relación funcione.
Méjico, al igual que casi todos los países, tuvo y todavía tiene hombres machistas, para los que el poder dentro de la pareja se mide, entre otras cosas, por la cantidad de dinero que cada uno aporta. Este tema, el del dinero, es uno de los que más discordias genera en los matrimonios, sobre todo cuando falta o cuando la mujer gana más que el marido.
Cuando la mujer trabaja y tiene ingresos que le permitan aunque sea una mínima independencia, su postura ante el mundo y su visión de sí misma cambian radicalmente. Ahora tiene poder. Ahora puede. Puede elegir con quién estar y bajo qué condiciones; puede exigir derechos y delegar “deberes” femeninos como lavar, planchar y cocinar; puede elegir cuándo ser madre.
Y ese poder se enfrenta al ancestral poder del hombre, que era quien lo podía todo. Y el hombre se siente desautorizado, siente que le han robado un espacio. Ahora, en lugar de mandar, tendrá que pedir, y ya no tendrá más la última palabra: tendrá que concensuar.
Y aquí estamos. El matrimonio convertido en una lucha de poderes, en la que todos pierden.
El ejercicio del poder, el “yo puedo”, debería ir a la par del “yo debo”: debo ser responsable de mis actos y de mis decisiones; debo ser responsable de los hijos que traigo al mundo; debo ser responsable del dolor que causo, de lo que callo, de lo que grito, de las caricias, de los insultos. Debo ser responsable. Si pudiéramos conseguir, hombres y mujeres, que el “yo puedo” y el “yo debo” sean la misma cosa, creo que el mundo sería casi perfecto.
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viernes, 20 de marzo de 2009
España: Terminan los problemas del matrimonio, comienzan los de la separación

¡Es que deshacer algo da más trabajo que hacerlo! Si queremos cambiar las cañerías de la cocina, primero hay que romper las paredes y encontrarlas. Si queremos pintar la casa a nuevo, primero hay que rasquetear y rellenar los huecos de los clavos. Y si queremos tener la posibilidad, algún día, de formar otra familia, primero debemos pagar para deshacernos del cónyuge actual.
El artículo citado habla de los costos económicos de un divorcio en España, en especial los honorarios profesionales. Moneda más, billete menos, divorciarse es caro en todas partes: además de pagar abogados hay que reacomodar el presupuesto familiar, sobre todo si hay hijos. Y el que se va de la casa, que casi siempre es el hombre, se ve obligado a buscar un lugar donde vivir y a equipar, aunque sea con lo mínimo indispensable, su nuevo hogar.
A esto debemos sumarle que la división de bienes, cuando hay mucho para repartir, significa perder, o resignar, status, algo que a muchos les genera el escozor suficiente como para llegar a un buen acuerdo con su pareja... y seguir casados; cada uno por su lado, pero casados, y hasta bajo el mismo techo.
Cuando yo era chica (ahora también, pero no tanto) esto era muy común. Un hermano de mi abuela, el tío Juancito, durante más de veinte años tuvo una amante a la que mantenía, y que lo acompañaba en sus viajes; su esposa lo sabía pero, acuerdo mediante, el tío Juancito seguía viviendo en su casa, con su mujer y sus tres hijos. Su mujer era una reina, tenía personal de servicio, gastaba sus días en bordar, cocinar scons, tomar el té con las amigas o visitar parientes, y los veranos se instalaba en un hotel de Mar del Plata con sus hijos, su madre y quien quisiera invitar. Lo pasaba bien, la tía, mucho mejor que si se hubiera divorciado. No compartían cama ni habitación (aunque yo no pondría las manos en el fuego, la carne es débil...), pero se trataban con una corrección y un respeto como pocas veces he visto. Los chicos fueron a los mejores colegios, y adoraban a sus padres.
La postura del resto de la familia (hermanos, cuñadas, sobrinos)iba desde la sacralización de la tía Nelly ("es una santa", decía mi abuela), a los comentarios en voz baja sobre su sangre de pato y su hipocresía. No había término medio. Y yo no entendía nada; sólo sabía que ella era una señora, que jamás se quejaba de su marido (algo que sí hacían, y cómo, las demás mujeres de la familia), y que cuando la íbamos a visitar nos recibía con cariño, sacaba su mejor vajilla y nos atendía, como se decía entonces, "a cuerpo de rey".
¿Hipocresía, miedo al qué dirán, comodidad? ¿Amor por sus hijos, necesidad de protegerlos? Las cláusulas del acuerdo al que llegaron el tío Juancito y su esposa, y los porqués, y si les costó cumplirlo, son cuestiones que no les incumbían más que a ellos.
Y es que el matrimonio, o la separación, debieran ser algo privado, algo que se arregla entre los dos miembros de la pareja sin la intervención de terceros. Si lo entendiéramos así, no tendríamos que gastar tanto en abogados y lo que es más importante, nadie, por más juez que sea, nos ordenaría qué hacer con nuestros hijos, nuestros bienes y nuestra dignidad.
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martes, 10 de marzo de 2009
Argentina: en Córdoba cada vez hay más papás solos

He aquí una muestra más de cómo ha cambiado la constitución de la familia en los últimos años.
Según esta nota, basada en un informe de la Consultora Delfos, en la ciudad de Córdoba (Argentina) hay unos 15.000 hombres que viven solos con sus hijos, ya sea porque son viudos, han obtenido la custodia o decidieron ser “padres solteros”.
La encuesta indica también que estos cambios no ocurrieron en cien años, ni en cincuenta, sino que, en apenas siete años, la cantidad de hogares de papás solos prácticamente se triplicó, pasando del 1,6 % en 2001 al 4% en 2008. Y que sobre el total de hogares en los que hay un solo progenitor, la cuarta parte está a cargo de un hombre.
¿Qué podemos deducir de esta noticia, aparte del hecho ya archisabido de que la institución matrimonial está en crisis?
Todos sabemos que lo ideal es que los hijos tengan padre y madre, y en lo posible, que vivan con los dos. Pero este ideal de familia parece estar cada vez más lejos, así que busquémosle el lado positivo: que haya más “papás solos” significa, entre otras cosas, que el hombre está empezando a descubrir otra manera de ser padre, una manera más comprometida, más abierta, más ligada a lo afectivo.
Frente al modelo del padre proveedor pero ausente, hoy hay hombres que se animan a lidiar con mamaderas, pañales, mocos, anginas, berrinches, reuniones de la escuela, y todo lo que desde tiempos inmemoriales fue patrimonio de la mujer. Y es bueno que sea así; es bueno que, cuando las circunstancias lo exijan, todos podamos ser madres o padres plenos, capaces de asumir solos la crianza de los hijos.
¿Puede el amor paterno suplantar al materno? Por supuesto; el amor es amor, venga de donde venga.
Además... ¡Era hora de que el hombre hiciera de madre! Ahora van a saber de qué se trata, ellos que se creían que nuestra vida era tan fácil, que la casa se llevaba sola y que a los chicos sólo había que darles de comer y mantenerlos limpios. Tal vez este nuevo reparto de roles contribuya a conseguir una sociedad más justa y más equitativa, donde nadie menosprecie lo que hace el otro.
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jueves, 5 de marzo de 2009
España: Un divorcio cada 3.7 minutos
Si lo que dice esta nota es cierto, si de cada cuatro matrimonios que se celebran en España tres terminan en divorcio, el dato da escalofríos.
Al parecer, la culpa de esta caída en picada es de la nueva ley de Divorcio Exprés que rige desde el 2005. El argumento me suena conocido: hace más de veinte años, cuando se debatía aquí en Argentinala Ley de Divorcio, muchas voces agoreras se alzaron para tratar de impedir que se sancionara porque podía llegar a producirse una avalancha de rupturas, algo que se debía impedir a toda costa.
A ver, pensemos un poco. Una ley no puede tener la culpa de algo que somos libres de elegir hacer o no hacer, de la misma manera que no hay ley, por perfecta que sea, que pueda conseguir que seamos mejores de lo que somos. El problema, entonces, no está en una ley de divorcio que permita disolver un matrimonio en menos tiempo del que lleva dar el sí; el problema está, nos guste o no, en la liviandad, la inconsciencia o la inmadurez con que la gente se casa.
Y les dejo de muestra sólo un botón. ¿Qué es lo más importante de la mayoría de las bodas actuales? La fiesta, la wedding planner o como se escriba, lo que se ve de afuera, la apariencia, el tocado, el vestido, el salón, el menú, el “pan y circo”. Nuestras abuelas se arreglaban con lo que tenían a mano (la mía se casó de luto, y sólo por civil), y muchas veces la fiesta de casamiento se limitaba a un almuerzo sencillo con la familia más íntima, pero el sentimiento que animaba a los novios era unánime: nos casamos para siempre. Ahora nadie se casa para siempre; esa, y ninguna otra, es la verdadera causa de que los matrimonios ya no duren.
Al parecer, la culpa de esta caída en picada es de la nueva ley de Divorcio Exprés que rige desde el 2005. El argumento me suena conocido: hace más de veinte años, cuando se debatía aquí en Argentina
A ver, pensemos un poco. Una ley no puede tener la culpa de algo que somos libres de elegir hacer o no hacer, de la misma manera que no hay ley, por perfecta que sea, que pueda conseguir que seamos mejores de lo que somos. El problema, entonces, no está en una ley de divorcio que permita disolver un matrimonio en menos tiempo del que lleva dar el sí; el problema está, nos guste o no, en la liviandad, la inconsciencia o la inmadurez con que la gente se casa.
Y les dejo de muestra sólo un botón. ¿Qué es lo más importante de la mayoría de las bodas actuales? La fiesta, la wedding planner o como se escriba, lo que se ve de afuera, la apariencia, el tocado, el vestido, el salón, el menú, el “pan y circo”. Nuestras abuelas se arreglaban con lo que tenían a mano (la mía se casó de luto, y sólo por civil), y muchas veces la fiesta de casamiento se limitaba a un almuerzo sencillo con la familia más íntima, pero el sentimiento que animaba a los novios era unánime: nos casamos para siempre. Ahora nadie se casa para siempre; esa, y ninguna otra, es la verdadera causa de que los matrimonios ya no duren.
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